Tuve que hacerlo, lo siento, pero no me quedó otra. No pude elegir, realmente me necesitaba. Sí, me necesitaba. Así que lo hice. Fue difícil, pero lo cierto es que no, no me arrepiento. Sí, lo volvería a hacer, ahora mismo incluso, pese a estar agotada. Cuesta tanto trabajo empequeñecer, porque, claro, imagínate, toda la vida dando el estirón para un día cualquiera, así por las buenas, volverte diminuto, casi invisible, del tamaño de cualquier cosa cuando se pierde, que se vuelve mil veces más pequeña de lo normal, aunque sea gigante. Es más, estoy segura de que nadie encontraría un avión perdido entre los cojines del puñetero sofá.
En fin, el caso es que lo hice y no me arrepiento. Y que aún tengo agujetas por todo el cuerpo, (sobre todo en las ingles y en el cuello). Pero bueno, ya está hecho. Y creo que con mi acto-impacto he removido quizá un poco los destinos, por no decir el paso continuo del calendario.
Pero será mejor que empiece por el principio, me suele pasar, eso de no empezar por el principio, la gente me dice que nunca empiezo por el puñetero principio, pero qué quieren que les diga, a veces es difícil saber dónde está el inicio y donde está final. Es tan relativo, que a veces me ha pasado que confundo incluso las propias calles. Qué lío, el que inventó el inicio y el final de las cosas o no contaba historias nunca o vivía en un pueblo muy pequeño.
Estaba durmiendo a mi lado, todas las noches lo hace, dormir a mi lado y todo eso. Se abraza como si fuera mi amante, y cierra los ojos enseguida, no le molesta mi manía de leer más de un capítulo antes de apagar la luz. Nunca se queja, porque cierra los ojos y me abraza y se duerme enseguida. Estaba durmiendo, estiradita a mi lado, con la cara en la almohada y sus largas patas encima de mí. No se está quieta. Se mueve y se retuerce, crea posturas imposibles. Posturas que un humano no es capaz de hacer, ni siquiera un humano flexible que hace taichí o yoga o cualquier cosa de esas. Y venga a moverse, y venga a retorcerse. A mí me hace gracia, pero me preocupa que luego le den agujetas. A cualquier humano le daría agujetas, pero a ella no.
Cuando acabo de leer, un capítulo o dos (nunca llego a tres). Apago la luz, cierro los ojos y dejo que su corazón de galgo choque contra mi pecho. Y los latidos no compaginan y a veces me asusta perder el ritmo, así que respiro y me acoplo a su tranquilidad. Ya no se mueve. Yo tampoco. Y es entonces cuando ocurre. Que sueña. Pero no sueños de galgo, de esos de correr mucho y hacer posturas raras y no tener nunca agujetas. Sueña sueños de humanos. ¿por qué lo sé? Porque el corazón de galgo deja de latir despacio y coge ritmo de humano. Lo que no sé es lo que sueña. Aunque me lo puedo imaginar porque duerme conmigo y porque tiene la piel llena de heridas. Qué despistada, aún no la he presentado, antes que su nombre he hablado de su manía de retorcerse. Se llama Kika, y tiene pesadillas de humanos. De humanos sin sueños ni nada.
Por eso lo hice. Y por eso no me arrepiento. Me metí en sus sueños y acabé con los monstruos, los fantasmas y todo eso. Claro que me costó, ya he dicho que no es fácil empequeñecer. Pero lo hice y no me arrepiento. Entré por el largo túnel de su hocico, qué larga es la nariz de los galgos! Y llegué a tientas. Os contaré, desde mi principio, que vi y qué ocurrió.
Era un mar seco, mar de arena. Pero no un desierto. Era más parecido a un mar, de arena. Se extendía hasta el infinito (no tiene fin el interior de un perro). Y corría mucho viento. No sé de donde saldría. Empecé a andar, el suelo era blando pero tenía grietas. Grietas que eran heridas de arena y de cristal. Me recordó a la piel de mi amante dormida. No sé cuánto anduve (allí el tiempo se cuenta en pasos). Grité, quería saber si alguien me respondía: no respondió nadie. Pero mi voz sonó a fusil, disparo parecido a un rapapapá. Qué miedo me dio. Me di cuenta entonces de que no tenía nada que pudiera usar como arma en caso de que aparecieran los malos. Menos mal que tenía mi voz, usaría palabras como bombas, se volverían duras como esqueletos olvidados.
De repente el mar de arena empezó a temblar. Debe de estar moviéndose, pensé. Y me caí al suelo y me agarré a las grietas. Espero no hacerle daño. Y el viento sopló con fuerza y dejé de ver el vasto horizonte de mar sin nada más que arena, pero sin desierto. A lo mejor le ha asustado mi rapapapá. Lo siento. Pensé. Y no veía a nadie por allí. ¿Será esta nada lo que le da miedo? Y pensé declararle la guerra al silencio. Decoraré con flores todos los rincones de este mar sin esquinas, dibujaré árboles, incluso peces. Nada de gatos, que sé que no te gustan. Pintaré cojines, cielos y amaneceres. No sé, todo lo que quieras. Pero deja de temblar.
Conseguí ponerme en pie, tenía arena hasta en las orejas. Qué sucio está esto. Fue entonces cuando vi, a lo lejos, figuras pretéritas, lejanas, muy borrosas. Empecé a andar hacia allí, decidida a disparar mi voz a la mínima. Aunque sabía de sobra que soy tan miedica que sería incapaz de matar a nadie, ni siquiera con insultos (aún menos con insultos). Cuando me acerqué distinguí molinos. ¡Vaya monstruos! Molinos como los del Quijote. Qué tontería, le explicaré que solo son molinos, que no tiene por qué tener miedo a los molinos. Le explicaré quien era Don Quijote y su Pancho y la autoproclamaré Dulcinea de hocico largo y posturas imposibles. Pero el viento, que soplaba más y más fuerte, empezó a mover las aspas de los molinos. Y sí, empezó de nuevo el suelo a temblar. Era una tormenta sin olas en alta mar. Vi a los monstruos. Y me deprimió mucho ver su cuerpo de hombre y su mano de hierro y su voz muda. Venían hacia mí, pero no corrían como corren los galgos así que pensé en huir. Sí, ya he dicho que soy miedica. Pero me acordé de mi voz de pistola. Tenía palabras cargadas y el viento a mi favor. Le pienso romper los tímpanos y el corazón. Mientras, el hombre sin voz ni sueños venía a por mí. Bajo sus pies más y más grietas, pasos áridos, heridas de garrote, de sonrisa, traje y camisa.
Grite. No me preguntéis el qué. No importa. Lancé toda la fuerza de mi voz, y en ellas latidos jondos, princesas enfermas de pesadillas, historias para no dormir, muros de hombres sin dignidad legítima. Lancé mi voz de leche, de agua que riega desiertos, de lluvia que llueve y da de beber. Grité y el molino cambió la dirección de su movimiento.
FIN
Marina
Adoptante de Kika y letrista de Alter Ego


